Surgentes naturales: otro atractivo más de la laguna en Ansenuza

Surgentes naturales: otro atractivo más de la laguna en Ansenuza

3 febrero, 2026 0 By Cristián Costa - Redacción Ansenuza al Día

El agua dulce que emerge a la superficie por presión natural, da origen a valiosos microecosistemas, que son aprovechados por la fauna del lugar.

En la costa de la Laguna Mar Chiquita, en Miramar de Ansenuza, el paisaje guarda un secreto que sorprende a quienes se detienen a mirar con atención. Allí donde el agua es salada y el horizonte parece inmóvil, brotan pequeñas surgentes de agua dulce que emergen directamente desde la orilla, como si la tierra se negara a olvidar su pasado.

El fenómeno se hace visible especialmente en la zona donde aún permanecen las ruinas de la ciudad vieja de Miramar, marcada por la histórica inundación de 1977. Desde esos restos —antiguas viviendas, hoteles y calles que quedaron bajo el agua— también surgen manantiales invisibles hasta que el agua clara rompe la superficie salina. No es magia: son napas subterráneas ubicadas a unos 80 metros de profundidad que conservan presión natural, la misma que durante décadas permitió abastecer de agua potable a la localidad, mucho antes de la llegada de la red formal.

Algunos de estos puntos corresponden a viejos pozos que, pese al paso del tiempo y al avance de la laguna, continúan “vivos”. Las cañerías siguen conduciendo agua dulce hacia la superficie, en un diálogo silencioso entre la historia humana y la geología del lugar. El resultado es una escena tan curiosa como reveladora: el agua potable brota sola, mezclándose con uno de los ambientes más salinos del país.

Un valioso tesoro

Más allá de lo anecdótico, estos surgentes cumplen un rol clave en el ecosistema de Ansenuza. El ingreso de agua dulce en un entorno hipersalino genera microhábitats que atraen a numerosas especies de aves, entre ellas los flamencos, que encuentran allí alimento y refugio. El contraste también se percibe a simple vista: tonalidades distintas del agua dibujan manchas y líneas sobre la superficie de la laguna, como si alguien hubiese pintado el paisaje.

A este juego natural se suma, en determinados momentos, el aporte de los ríos que alimentan Mar Chiquita, como el río Dulce. Tras lluvias intensas, el ingreso de grandes volúmenes de agua dulce crea franjas de color que avanzan sobre la salinidad, reforzando la sensación de un ecosistema en permanente transformación.

Así, en el corazón del mayor lago salado de la Argentina, el agua dulce vuelve a abrirse paso desde el subsuelo. Un fenómeno discreto, casi íntimo, que conecta pasado y presente, y recuerda que bajo la superficie salina de Ansenuza late una historia profunda, todavía en movimiento.